A menudo oímos historias de jugadores fantásticos que nunca salieron del campo de su barrio u otros que llegaron de los que se dice no eran de los mejores de su equipo en cadetes o juveniles.

También vemos jugadores de las canteras de los principales equipos del país que apuntan a estrellas mundiales y que hablan, de sí mismos, como futuros balones de oro y acaban jóvenes en equipos muy por debajo de sus expectativas.

El fútbol es un mundo muy complicado y es casi irrefutable que es necesaria una buena dosis de suerte para llegar a ser profesional y, una vez dentro, para mantenerse y llegar lejos.

Pero esa “suerte” es un compendio de un gran número de cosas que determinan el éxito o el fracaso de un jugador.

Voy a centrarme en dos. La primera se nos ocurriría a todos y es el talento.

La segunda, la educación. Ésta seguro que se nos olvida a algunos y a mi manera de entender es igual o más importante.

El talento es lo que permite a los jugadores realizar regates, pases, goles o acciones defensivas fantásticas. Es la habilidad que tenemos para desarrollar bien lo que hacemos. Un jugador sin ningún tipo de talento para el fútbol es imposible que llegue a ningún lado. Podrá jugar con sus amigos para divertirse, pero no podrá alcanzar nunca un alto nivel competitivo. El talento es por tanto algo totalmente necesario en un futbolista, aunque cabe resaltar que existen muchos tipos diferentes de talento. Ésto lo sabemos todos, aunque pueda haber partidarios del músculo o la táctica por encima de la virtud para jugar.

Con la educación, no todos lo tenemos tan claro. Es habitual oír hablar de formar personas y formar futbolistas como dos cosas distintas e independientes la una de la otra, incluso contrapuestas.

Yo os ofrezco otra opinión y es que una buena educación personal es algo básico en la formación del futbolista.

Y lo hago desde dos puntos de vista.

Cuando hablo de educación no hablo de acudir a una escuela mejor o peor, de saber idiomas o ser el que mejores notas saca. Ni de leer libros o ir al teatro los fines de semana.

Ser educado es tener una base de valores bien asentada. El respeto a los entrenadores y sus decisiones, el respeto al compañero de al lado (independientemente del grado o no de amistad que os una), respeto de los horarios y disciplina con el esfuerzo en cada partido y cada ejercicio de entrenamiento. Es tener la constancia de ir a entrenar el día que no tienes tantas ganas y salir 15 minutos en un partido con la misma actitud que cuando sales para jugar los 90. También respetar a los árbitros y sus decisiones y ser consciente de que el fútbol es un deporte colectivo en el que necesito al de al lado tanto como él me necesita a mí. Y que no hay bien mío ni bien suyo que se consiga sin el bien común.

Todo ésto desde el punto de vista del jugador. Pero en el fútbol base aparece otra figura necesaria, y no siempre todo lo beneficiosa que debería, los padres.

Cualquier chaval que juegue al fútbol en la base querrá jugar el máximo número de minutos, tendrá las distracciones propias de cualquier niño de su edad y tendrá necesariamente comportamientos y actitudes erróneas lógicas. Porque está aprendiendo a vivir y a convivir con los demás.

Un entrenador que conozca ésto, sepa llevarlo y solucionar los posibles problemas que van a ir surgiendo a lo largo de la temporada y sepa motivarlos en los momentos malos, resulta muy importante.

Pero igual de importante o más para el jugador es tener en casa unos padres que sepan dirigirlos educativamente hablando. Hay padres que se convierten en meros representantes de futbolistas. Para ellos, da igual si el niño no entrena o no se esfuerza entrenando, si falta el respeto a sus compañeros o al entrenador, si tiene más nivel o menos que su compañero de al lado, incluso poco importa si va al colegio y si aprueba o no. Lo único importante, que el niño juegue, que lo juegue todo o casi todo. Y si marca goles mejor, que es lo que sale en la crónica del periódico.

talento-y-educacionÉstos no dudan en dar indicaciones, echar las culpas cuando las cosas no van bien a cualquiera menos a su hijo y lo que es peor, cubrir a su hijo cuando éste se equivoca. No se dan cuenta de que la superación de esos malos momentos: el banquillo, las derrotas, los errores,… son la única manera de crecer, tanto futbolística como personalmente. El fútbol se parece a la vida más de lo que creemos e, igual que en la vida nadie te regala nada, en el fútbol tampoco.

Es por ello, que cada vez en más ocasiones, futbolistas con menos talento llegan antes que otros con más. La educación nos proporciona las herramientas necesarias para seguir y prosperar cuando llegan los momentos difíciles y para adaptarnos a la situación y al compañero con el que nos toca trabajar al lado.

El talento sirve para hacer un regate y salir de la presión del contrario, pero no para regatear los problemas y conflictos de intereses que surgirán en todo momento de la vida del futbolista. Como padre o como entrenador, establecer en el niño los valores que le permitirán desarrollar su talento es el principio de todo. No pienses que será fácil. Pero te aseguro que, llegue a futbolista o (probablemente) no, merecerá la pena.