Lanzo este post esperando que sirva de reflexión para todos nosotros. Y a partir de la reflexión, como herramienta de mejora en la gestión de cada uno de nuestros grupos.

 Sería de ilusos pensar que en el momento en que el balón empieza a rodar, un entrenador puede ganar él sólo un partido. De hecho, no puede hacer nada sin sus jugadores. No es nada nuevo ver a un entrenador acabar el partido poniéndose “medallitas” por alguna decisión que ha tomado.

El fútbol es de los futbolistas y, queramos o no, dependemos de ellos para conseguir el éxito. Pero tan verdad es ésto como que con nuestra actitud, nuestras indicaciones y nuestras acciones podemos ayudarlos o no a rendir más y a conseguir los objetivos.

Cualquier temporada y cualquier partido pasa por distintos momentos, momentos buenos y otros no tanto.

Poniendo un ejemplo, es de humano encontrarse frustrado e incluso enfadado después de recibir una goleada. Pero como entrenadores debemos analizar muy fríamente el por qué de las cosas y ponernos en la piel del futbolista en esos momentos.

Si el problema ha sido de actitud, que por otro lado es lo que solemos decir sino hemos analizado bien lo que ha pasado, podría tener cierta lógica echar una bronca después de haber perdido un partido o de recibir una goleada.

Si los fallos son tácticos, pequeños errores o si simplemente se pierde por la superioridad de nivel del rival, pensemos: ¿la bronca que voy a echar va a ayudar a mis futbolistas a aprender y a hacerlo mejor en el próximo partido o me va a ayudar a mí a quedarme más tranquilo?

Un buen amigo me dijo una vez: “Las broncas, siempre en los buenos momentos”. Y tiene mucha lógica esa premisa. En el mal momento, el futbolista al que le importa y le duele, lo está pasando mal. Nadie que esté implicado y motivado en un proyecto quiere hacer las cosas mal. Pero hay veces que, por diversas razones, las cosas no salen.

Si ahí después de recibir un palo, llegas tú como entrenador y supuesto “líder” de ese grupo de chavales y les dices a gritos lo malos que son o lo mal que lo han hecho, lo que corres es el riesgo de que se lo crean y se hundan más. Y en el próximo partido te encontrarás un equipo más frágil y con menos confianza en sí mismos e incluso en ti.

Sé empático, mantén el equilibrio, no hables tanto de lo malo y dedica los entrenos de la semana siguiente a mejorar los fallos que has apreciado. Y usa tu discurso para animar, para resaltar lo bueno (que siempre hay algo), en definitiva, SUMA!

Lo mismo ocurre con un jugador que está haciendo un mal partido. ¿Consideras que por el bien del equipo lo tienes que cambiar? Cámbialo. Pero no lo hagas justo después de que tenga un fallo importante. Y cuando salga del campo salúdalo de la misma manera que lo harías con la “estrella” del partido.

Lo importante no es lo que tú piensas, sino lo que transmites a tus futbolistas. Y todos rendimos mejor cuando tenemos confianza y creemos tener la de nuestros “jefes” o superiores.

El otro día veía al portero suplente del Alevín “C” (10 años) de un equipo ser sustituido por su entrenador porque el otro equipo iba a lanzar una falta peligrosa y le podía empatar el partido. O a otro sustituir a un jugador algo más mayorcito, justo después de cometer un penalti.

Por favor señores, miremos más allá de nuestro propio ombligo y pensemos: ¿qué le estamos transmitiendo a ese niño en ese momento? ¿Estamos para formar jugadores y personas o sólo para ganar a costa de lo que sea?

En la formación de un futbolista y una persona no siempre todo “feedback” debe ser positivo. Algunas veces hay que aplicar el castigo. Pero hay que saber bien cuando hacerlo y manteniendo siempre el equilibrio.

Una victoria suele ser motivo de alegría y una derrota, de tristeza. Pero ni la victoria es fiesta, ni la derrota es drama. Todo no es blanco o negro, hay muchos grises. Y para eso, para hacer ese gris más blanco en vez de más negro, es para lo que estamos nosotros.